Monday, July 27, 2009

Dutronc, el dandy revolucionario

Aunque esta es una confesión muy personal creo que es esencial para comprender las líneas siguientes: yo, señores, me torcí a una edad muy temprana. Sé que no es una historia muy original, pero siendo joven y débil (soy de ese tipo de personas que aún midiendo dos metros se le puede llamar “enjuto”) me puse a toser, a leer y a ver cosas para las que ni mi cerebro ni mi frágil salud estaba preparada. Pronto, y para evitar encontrarme con mi familia me quedaba hasta las tantas delante de la tele y me tragaba en el “Cine club”, una sesión de cine, nocturna, televisiva y alevosa de la segunda cadena, donde pude ver películas de los grandes maestros italianos Fellini o Pasolini. O películas suecas donde se hablaba poco y como queriendo decir muchas cosas recuerdo haber visto de una manera completamente innecesaria Ordet como a los 17 años. Por esa misma época también me interesé por la ópera y los musicales, lo cual daba un carácter tramoyístico a los ataques de histeria propios de la adolescencia que se sumaban a mis silencios copiados de las grandes obras suecas (eran silencios prolongados e inquietantes).




Ante ese panorama y de una manera muy razonable mis padres empezaron a animarme a que alargara mis horarios nocturnos, y así ellos también evitaban cruzarse con esa mezcla de decorador de interiores e intelectual de izquierdas en el que me había convertido. Todo eso, claro, cercenó una de las partes más alegres de mi adolescencia: el pop y el fenómeno fan. De hecho mi interés por la cultura pop viene de esa imposibilidad de llevar la carpeta llena de fotos de personas atractivas y prefabricadas. Miraba con la envidia de una mariquita de pueblo a mis compañeras de clase que enviaban mensajes semióticamente inequívocos en sus carpetas: por un lado fotos de machos alfa, de los mejores ejemplares de masculinidad que además habían superado la selección natural de la fama; por el otro, fotos de bebes. Sus carpetas decían “soy una mujer cuyo útero ya está preparado para procrear”. Mis carpetas, en cambio, decían “soy una persona insulsa a la que su madre le forra los libros y los utensilios de clase”… de hecho creo que en un arrebato paroxista tuve un boli bic completamente forrado. Vaya, yo en aquella época era ya un intelectual de izquierdas y un coñazo, y no podía hacer lo que por aquel entonces veía en la tele



Sin embargo hace unos meses he descubierto un cantante en el que puedo unir mi intelectualismo a marchamartillo con mi faceta más pop de fan completamente histérica (¡¡¡¡Maaaaaartin te quieeeeeeero!!!!). Ese hallazgo, no nos engañemos, es digno de celebrar, porque ciertamente la música pop es muy divertida y nos gusta a rrrrabiar pero no es uno de los métodos ideales de transmisión ideológica (o quizás la no-transmisión ideológica sea uno de los mejores métodos de transmisión ideológica). Los “wah wah”, “yeh, yeh”, y “oh, oh” son fantásticos, muy tatareables y divertidos, pero dejan una sensación, ay no sé, como de poco pensar. Así pues, ¿qué puede hacer un intelectual de izquierdas con un alma de quinceañera como yo para resolver esa carencia, ese nudo gordiano entre sesudismo e histerismo?. Ustedes siempre pueden decir, “chico, échate por el punk que aúna estribillos sabrosos y posición política”… y yo les tengo que dar la razón. Pero lo mío, definitivamente, no son las soluciones fáciles. Yo quiero pop, pop concienciado, pero para eso hay que hacer un poco de arqueología y plantarse en mayo del 68.


Los agitados años que precedieron y que siguieron a la revuelta sesentayochista tuvieron a un guapo oficial, a uno de esos cantantes a los que se puede tirar las bragas no como simple celebración sexual sino como acto situacionista, como absurdo intelectual. Él es, claro, Jacques Dutronc antiguo miembro del grupo El Toro et les Cyclones, compositor de canciones, amigo de Serge Gaingsbourg, y según la wiki cantante de las letras escritas por “Jacques Lanzmann, escritor, periodista, hermano de Claude Lanzmann (ex secretario de Sartre)” (¡¡¿¿??!!). Aunque la línea que une a Dutronc con Sartre es ciertamente débil, Dutronc se embebe del ambiente de la época, y canta su primer gran éxito en Francia “Et moi, et moi, et moi” de 1966. Una canción cuyo primer estribillo promete mucho: « Sept cent millions de chinois / Et moi, et moi, et moi / Avec ma vie, mon petit chez-moi » . O sea : “Setecientos millones de chinos / Y yo, y yo, y yo/ Con mi vida, mi pequeña casa”…

La canción tiene momentos cumbre, la verdad, siendo mis favoritos:
«Trois cent millions de soviétiques / Et moi, et moi, et moi / Avec mes manies et mes tics /Dans mon petit lit en plume d'oie » o sea « Tres cientos millones de sovieticos / Y yo, y yo, y yo/ Con mis manias y mis tics/ Con mi pequeña cama de plumas de oca ».


« Cinquante millions de gens imparfaits / Et moi, et moi, et moi / Qui regarde Catherine Langeais / A la télévision chez moi » « Cincuenta millones de gente imperfecta / Y yo, y yo, y yo/ Que miro a la Catherine Langeais (la Anne Ibartiguru del momento)/ en la televisión de mi casa »


« Cinq cent milliards de petits martiens / Et moi, et moi, et moi / Comme un con de parisien / J'attends mon chèque de fin de mois » « Cinco mil pequeños marcianos / Y yo, y yo, y yo/ Como un parisino capullo/ Espero el cheque de fin de mes » y luego el estribillo de toda la canción « J'y pense et puis j'oublie / C'est la vie, c'est la vie » o sea « Yo pienso, y yo olvido / Así es la vida ».


La canción, claro, trata de una de las tendencias del capitalismo contemporáneo, una de la que ya han hablado de manera extensa gente como Agustín García Calvo o Vicente Verdú quienes han demostrado sobradamente que una de las herramientas básicas de una sociedad de consumo acelerada es el personalismo. La tendencia al divide y vencerás, a que cada uno de nosotros somos especiales, a que no pertenecemos a ninguna colectividad, sea esta el pueblo o la gente (“la buena gente de Calahorra del Subidillo”). Que somos únicos y exclusivos y que como tales necesitamos que los bancos, las agencias de viajes y otros nos den servicios personalizados. En un mundo con cinco millones de soviéticos lo que importan son mis manías y mis tics. “Y yo, y yo, y yo… yo es que soy muy de… a mi es que no me gusta…yo no puedo soportar”. Yo pienso, y luego olvido.


Ustedes dirán que él es guapo y simpático y que la canción es saltarina, pero que, en definitiva, es un poco sesuda. Sin embargo, en la siguiente, J'aime les filles (1967), el Dutronc se deja de intelectualismos y se pone en plan crooner romántico, uno de esos que mira directamente a los ojos y susurra en francés. Ante esas eficaces armas de destrucción masiva de bragas, lo mejor, claro, es dejarse hacer. Sin embargo, por debajo de una trabajada seducción sostenida mediante la susurrante letra y la pose indolente, creo que está es una de las canciones más revolucionarias que he oído, porque consigue, y de ahí su éxito, ser radical bajo su capa facilona. Veamos como lo hace.

La clave, claro, está en ese perfecto flequillo y en la letra, en la que hace una lista de tipos de chicas que le gustan. Están, claro, las del cine, las del Vogue, la de los grandes almacenes, pero junto a ellas Dutronc también ama a:


«J'aime les filles des magazines / J'aime les filles de chez Renault / J'aime les filles de chez Citroën / J'aime les filles des hauts fourneaux / J'aime les filles qui travaillent à la chaîne » « Me gustan las chicas de los grandes almacenes / las de la Renault / la Citroen/ de los Altos Hornos/ las que trabajan en la cadena de montaje ».


« J'aime les filles qui radotent / J'aime les filles à papa / J'aime les filles rigolotes / J'aime les filles sans papa / J'aime les filles de Megève / J'aime les filles de St-Tropez / J'aime les filles qui font la grève /J'aime les filles qui vont camper » « Me gustan las chicas que desvarían / las de papa/ las cachondas / las que no tienen papá / las de Megève / las de St-Tropez / las que hacen huelga / las que van de camping »… me tendrán que reconocer que alguien como Dutronc diga « me gustan las chicas que hacen huelga » es un llamamiento a la movilización general, es como si uno de estos chuletones de la MTV se pone a cantar algo así como me gustan las chicas “antiglobalización” sin que eso resultara una enorme contradicción.

Entre todos los hallazgos que tienen las canciones de Dutronc -“J'aime les filles qui font vieille France” (Amo a las chicas que hacen vieja a Francia)- están también las rimas directamente políticas. En 1968, un año calentito para Francia y para parte de Europa y América (recordemos los muertos en México) Dutronc saca una pegadiza canción muy a contrapelo, llamada L'opportuniste donde dice “Je suis pour le communisme / Je suis pour le socialisme / Et pour le capitalisme / Parce que je suis opportuniste”. Pronto señaló Dutronc que en todas las revoluciones siempre hay listos que sobreviven mejorando su situación, dejando atrás a un montón de tarados que se creyeron el cambio. Para saber que despojos dejó atrás el mayo del 68 es muy interesante de leer el libro de Daniel Cohn-Bendit La revolución y nosotros que la quisimos tanto donde aparecen junto a esa nueva generación de gobernantes que escaló el poder tres el 68, esa retahíla de perseguidos, encarcelados o empobrecidos por llevar sus ideas a sus conclusiones lógicas. Mientras tanto, el Dutronc cantaba esta canción tan chula, con un extraño video pop…




« Je crie vive la révolution / Je crie vive les institutions / Je crie vive les manifestations / Je crie vive la collaboration »


Sin embargo, volvamos a la anterior canción, la de J'aime les filles (1967), porque la hemos dejado a medias ya que nos faltaba hablar del estribillo en el que dice “Si vous êtes comme ça, téléphonez-moi / Si vous êtes comme ci, téléphonez-me” es decir “si eres así (si eres huelgista) llamamé”. Entre las multitudes de mujeres, que creemos, le llamaron, estaba la Francoise-Hardy con quien inicio una larga relación, para quien compuso varias canciones, y con el que tuvo un hijo Thomas Dutronc que, como era de suponer, les ha salido un solete y que canta canciones así de divertidas




Mientras tanto su padre, Jacques Dutronc, dejó de lado la carrera de cantante por la de compositor, y sobre todo, actor, habiendo participado en más de 40 películas y series, entre ellas Merci pour le chocolat (2000) de Claude Chabrol o siendo protagonista de un biopic de Van Gogh dirigido por Maurice Pialat. Pues eso, os dejo con la última canción de Dutronc, una de esas que hace mover la cadera y las neuronas, preparado para forrarme la carpeta del año que viene con fotos de él. Saludos desde Paris!!!!.

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