Thursday, April 5, 2007

¿Nos hacemos un cine? (I)

ueno, ya estoy por aquí. Aunque esta semana no toca una crítica al uso y abuso, sino una buena ración de historias, o mejor, lugares cruzados: los cines. La idea para esta entrada surgió cuando, estando de visita por Granada, leí en “El País” un estupendo reportaje de Julia Luzán sobre Los otros 'Guernicas'










En el que se relataba la recuperación de los murales realizados por el cántabro Luis Quintanilla.
Una obras encargadas por el gobierno republicano de Negrín para denunciar en la Exposición Universal de Nueva York de 1939 el ataque sufrido por las fuerzas fascistas y que, tras su rescate, relucen en algún sombrío vestíbulo universitario. Antes, -y he aquí uno de los elementos apasionantes de la historia- estos paneles estaban pillando polvo en la salida de emergencia de un cine porno-gay del East Village. La historia viene a ser más o menos como sigue: Quintanilla, artista y militar, hombre comprometido y amigo de Hemingway y Dos Passos, marcha a Nueva York a realizar uno de los últimos encargos del legitimo gobierno republicano: una serie de cinco paneles - “Destrucción, Dolor, Hambre, Huida y Soldados”- titulados genéricamente como “Ama la paz, odia la guerra” que debía llamar la atención sobre la sangrante situación de España. Al terminar la obra, los nacionales se declaran vencedores de la Guerra Civil y Quintanilla se encuentra con unos paneles propiedad de un gobierno fantasma, sin dinero y con el miedo de que a éstos les esperara el mismo destino que al resto de sus obras españolas: siendo destrozadas por las piquetas fascistas. Decide que no es el momento de publicitarlas y cede las obras a una de las organizaciones anti-fascitas que operaban en los bajos del 144 de Bleeker Street (East Village) -como Free World House. Los pasillos de estas instituciones –pronto en quiebra- pasan a convertirse en 1962 en los de un cine de arte y ensayo; pero no de uno cualquiera, sino de una de los centros del underground neoyorquino de los 60: el The Bleecker Street Cinema.








Ese pequeño cine (250 asientos), dirigido por una sociedad independiente encabezada por el joven productor Lionel Rogosin, aparece nombrado en la Declaración del New American Cinema Group –firmada por Peter Bogdanovich y Jonas Mekas entre otros-; fue uno de los altavoces del cine europeo - Godard, Bergman y Fellini- y, además, testigo de proyecciones míticas como los delirios 1966 de Jonas Mekas -"The Brig”- o Kenneth Anger -"Scorpio Rising” que nos hablan del auge del cine independiente americano. Fue a si mismo, escenario de películas como “Buscando a Susan desesperadamente” donde Aidan Quinn interpreta a uno de sus proyeccionistas –Dez – o “Delitos y faltas” de Woody Allen, donde Alan Alda recala en una de sus sesiones. El cine cierra el 30-Agosto-1990 como un eco más de la situación que viven los cines de Nueva York: presiones fiscales, la gran popularidad de los videoclubs –en auge en los 90- y la aparición de los fantasmagóricos multiplex o las multisalas con multi-misma-mierda. Pero The Bleecker Street Cinema no corre esa suerte sino que le espera mimetizarse con el ambiente convirtiéndose de manos de John R. Souto en un cine porno gay situado entre peep-shops, tiendas de ropa leather o de memorabilia sobre la revuelta homosexual de Stonewall. Fue precisamente John R. Souto, que mantuvo los paneles de Quintanilla en la salida de emergencia de los cines, el interlocutor con el que gobierno español tuvo que negociar con dureza para que las obras regresarán y fueran disfrutadas por grises universitarios.




Esta rocambolesca historia que tiene en su haber luchadores por la libertad, fascistas, directores malditos y pervertidos, me hizo preguntarme quién de todos ellos realizó el graffiti de un cara sonriente sobre una de las figuras sufrientes de los cuadros y que se podía observar en las fotos del reportaje de “El País”. Y a su vez me recordó un fantástico cine lisboeta, “Cine Paraiso”, situado en el Chiado. Un cine que cuando visitaba frecuentemente esa ciudad funcionaba de día y a media tarde como cine porno - estilo “Travestis Apaixonados’, seguido de ‘As Polacas Aguentam com Rocco’ y ‘Sexo, Suor e Samba’ - y por la tarde proyectaba cosas como “La dolce vita” de Fellini o “Dead Man” de Jim Jarmusch. Era un cine antiguo, situado en los sótanos, con sillas de madera y un aire de pecado que confundía: ¿quién debía estar más avergonzado, los de la primera sesión con sus miserias sexuales o los de la segunda con las intelectuales?. Sea como fuere, el poder del bajo vientre se impuso y acabó siendo un cine porno a tiempo completo.




La visita por los cines bizarros acaba donde empezó, en Granada, donde nuestro guía por la ciudad, Oscar, insistió en visitar uno de los de la ciudad. Un sitio verdaderamente alucinante: el “Granada 10”. Uno de esos cines lujosos de los años 40 o 50 con palcos y grandes arañas de cristal, que ahora sobrevive gracias a que los fines de semana y festivos por la noche se convierte en una discoteca para gente bien. Eso explicaba la enorme barra, abierta durante la proyección, en la que uno de los abuelitos que llevan la sala servía deliciosas cervezas Alambras. O los grandes sillones forrados de una especie de sky dorado y donde creo se podían observar aún restos de cocaína. Era una proyección de domingo por la tarde, con cuatro gatos dispuestos a distinguir en una pantalla escasamente estirada la iraní Offside (2006), película sobre el veto a las mujeres en el fútbol, y donde la gente se repantingaba en los sillones, fumando y bebiendo en silencio. ¿La película?. Pues una de esas que piensas: “ahora los iranís o iranies se deben estar partiendo la caja, pero lo que es yo… ni bajo el influjo de la arquitectura nazarí”. En fin, una sesión de cine memorable. Si alguien quiere compartir historias de cines, ahora es el momento, yo en nada ataco con uno de los grandes el “Cine estudio D´Or”.





Pd: Guillotina opinante, el otro día fuiste origen de un altercado cuando le solté a un amigo: “Tú desde que eres tan guay que revindicas a Lynch…”. Y luego, no, no era él.

1 comment:

Ariel H. said...

Aquellos reductos de cine arte que se hayan convertido en antros de perdicion sexual y degeneramiento pueden darse de palmaditas en la espalda y felicitarse por haber tenido la suerte de seguir proyectando algo.

En argentina los cines de antaño se han convertido en improvisadas iglesias evangelistas, incluso en las zonas mas transitadas de la ciudad.

Para ver otro cine que no sea el que esta bien visto (doblemente acertado), solo quedan los tristes cine-clubs con capacidad para 15 personas en los horarios que dejen libres los centros culturales. O internet, claro.